Ante la escasa capacidad de hacer frente a la inseguridad, centrémonos en el poder de los afectos y emociones para así llegar a comprender las conductas y opiniones de ciudadanos y turistas.
No creo exagerar si se afirma que sociedad y sector turístico viven de manera exasperada, por diferentes y comprensibles motivos, lo que hace que sigan existiendo actitudes de rechazo, ira, dudas, temores, ansiedades…
Así, se ha ido conformando una “nube” de decepcionados que expresan toda una amalgama de emociones, con unos responsables conscientes de sus limitaciones y que intentan mantener una posición equilibrada que resulta laxa a ojos de esa “nube social y sectorial”.
Esa insatisfacción pone de manifiesto que “actitudes ordenadas y civilizadas” parece que no son suficientes para retomar la senda de la seguridad, escenario que aconseja no caer ni en la apatía ni en la anestesia.
Pensemos pues, que iniciativas orientadas a la mejora de la seguridad no han de estar basadas en meros cálculos, sino que el desordenado arrebato que genera la violencia sigue exigiendo respuestas ajustadas y multifuncionales.
En este sentido, nadie pone en duda que la seguridad ha de estar manejada por las instituciones diseñadas para tal fin, pero para superar esta exasperación sería aconsejable que fueran reforzadas y acompañadas por propuestas novedosas y estratégicas superando con ello, un proceder y lenguaje institucional bastante autocomplaciente.
Por lo tanto, tengamos en cuenta esta “irritación social y emocional” como referencia y base de futuros proyectos transformadores dando cauce a la (re)configuración de espacios seguros y de convivencia.
Ciudadanía, sector y turistas siguen siendo los más necesitados de nuevos ajustes y multifuncionalidades. Y es que, los sentimientos pueden estar a flor de piel, pero también vagando de manera agrupada…