Partiendo de la violencia e inseguridad existente, sociedad y gobierno van asumiendo que dicha inestabilidad es mayor de la que son capaces de gestionar.
La exasperación del capítulo anterior, se ha ido dando porque el país – destino ha dejado de ser algo que funcionaba inadvertidamente para verse encorsetado en “una nueva normalidad”.
Y es que esta violencia obliga a desarrollar ciertos comportamientos que están dando paso a nuevas formas de relación y costumbres.
Pero, también se ha de mencionar el aumento de la sensibilidad con respecto a dicha violencia, donde la frontera de lo inaceptable se está viendo alterada, día tras día.
Un cambio de comportamiento facilitado por las nuevas formas de comunicación donde la ciudadanía, para mantener un estado de ánimo positivo, se reivindica utilizando expresiones que alcanzan tanto la ironía como el sarcasmo.
Ciudadanía que, ante esa falta de respuestas, tiende a no sacrificar su seguridad por una seguridad más institucional. Es como si se acrecentara mi individualidad frente a las mismas, aunque también puede interpretarse como una reapropiación y sustitución de estas mediante otras formas de seguridad.
Y todo esto se ve condicionado por las prisas de la acción política, donde sus responsables persiguen la inmediatez, con unas estructuras débiles y verticales, plazos que se ven acortados gradualmente y responsables que actúan desde el nerviosismo y angustia por no poder desempeñar sus funciones con la necesaria regularidad (impaciencia de partidos – gobiernos) para finalmente verse sometidos al escrutinio de la sociedad mexicana y extranjera.
En definitiva, son expresiones de una crisis que no se sabe dónde comienza y acaba además de no poder definir cuál es su posible solución.
Se discute sobre su naturaleza sin llegar a acuerdos sobre la aspiración final. Definir quiénes originan esta crisis, y quién y cómo deberían resolverla es el verdadero tapón a la hora de abordarla.